Cuaderno Nocturno

Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.

Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AC.

lunes 2 de noviembre de 2009

John Ottis Adams



Mi viejo amigo José María, que es un incansable explorador de la red, constantemente me regala buenos descubrimientos musicales que encuentra por ahí, de piezas clásicas, barrocas o jazzísticas, pero esta vez me ha sorprendido.
Se trata de la obra de un pintor impresionista americano al que no conocía: John Ottis Adams (1851-1927).
Y es para mí un placer compartir con vosotros este descubrimiento.



Y además el vídeo está acompañado por un fragmento del tema "Appalachian Spring", de Aaron Copland, una música que va muy bien con estos cuadros de paisajes.
Espero que el conjunto sea de vuestro agrado.





domingo 1 de noviembre de 2009

La ventana maravillosa




LA VENTANA MARAVILLOSA


Lord Dunsany



La policía estaba haciendo circular al viejo de indumentaria oriental, y eso fue lo que hizo que se fijase en él, y en el paquete que llevaba debajo del brazo, el señor Sladden, quien se ganaba el sustento en los almacenes de los Sres. Mergin y Chater, o sea en su establecimiento.
El señor Sladden tenía fama de ser el joven más atontado para los negocios: un asomo -un simple atisbo- de fantasía hacía que se quedase con la mirada perdida, como si las paredes de la tienda fuesen de gasa y Londres mismo fuese una pura ficción, en lugar de atender a los clientes.
El solo hecho de que el mugriento papel que envolvía el paquete del viejo estuviera cubierto de letras árabes bastó para suscitar en el señor Sladden ideas de aventura, y siguió tras él hasta que se dispersó la pequeña multitud, y el extranjero se detuvo en el bordillo de la acera, desenvolvió el paquete, y se dispuso a vender su contenido. Era una ventanita de madera vieja con pequeños cristales emplomados; tenía como un pie de ancho, y menos de dos pies de alto. El señor Sladden jamás había visto vender una ventana en la calle, así que preguntó el precio.

-Su precio es todo lo que usted tenga -dijo el viejo.
-¿De dónde la ha sacado? -dijo el señor Sladden, porque era una ventana muy rara.
-Di por ella todo lo que tenía, en las calles de Bagdad.
-¿Y tenía mucho? -dijo el señor Sladden.
-Tenía cuanto quería -dijo-, menos esta ventana.
-Debe ser una buena ventana -dijo el joven.
-Es una ventana mágica -dijo el viejo.
-Yo sólo llevo encima diez chelines; pero en casa tengo quince, y seis peniques.
El viejo meditó un momento.
-Entonces, el precio de la ventana es de veinticinco chelines y seis peniques -dijo.

Sólo cuando quedó cerrado el trato, y pagó los diez chelines, y le acompañaba el extraño viejo para cobrar sus quince chelines y seis peniques y colocarle la mágica ventana en su única habitación, se le ocurrió al señor Sladden que no necesitaba ninguna ventana. Pero ya estaban en la puerta de la casa donde tenía alquilada la habitación, y parecía demasiado tarde para entrar en explicaciones.
El extranjero pidió que le dejase solo mientras colocaba la ventana, así que el señor Sladden se quedó delante de la puerta, al final de un pequeño tramo de crujientes escalones. No oyó ruido de martillazos.
Poco después salió el extraño viejo con su descolorida túnica amarilla y su larga barba, y con la mirada perdida en la lejanía. "Ya está", dijo; y se despidieron él y el joven. Y si siguió en Londres como una mancha de color y un anacronismo, o regresó a Bagdad, y qué oscuras manos pusieron en circulación sus veinticinco chelines y seis peniques, son cosas que el señor Sladden no llegó a saber jamás.

El señor Sladden entró en la habitación de desnudo entarimado donde dormía y pasaba todas sus horas de recogimiento desde que cerraban hasta que abrían los Sres. Mergin y Chater. Para los penates de tan desastrada habitación, su impecable levita debía de ser objeto de constante admiración. El señor Sladden se la quitó y la dobló cuidadosamente; y allí, en la pared, un poco alta, estaba la ventana del viejo. Hasta ese momento no había habido ninguna ventana en esa pared, ni otro adorno que una pequeña alacena; así que cuando el señor Sladden hubo guardado con todo esmero su levita, echó una mirada por su nueva ventana. Ocupaba el sitio donde había estado antes la alacena en la que guardaba los cacharros del té: ahora los tenía encima de la mesa. Cuando el señor Sladden miró por su nueva ventana declinaba ya la tarde de ese día de verano: las mariposas habrían cerrado sus alas hacía rato, aunque aún no habrían salido los murciélagos a hacer sus recorridos... Pero esto era Londres: las tiendas habían cerrado, aunque aún no habían encendido las luces de las calles.

El señor Sladden se frotó los ojos, después frotó la ventana, y vio todavía un cielo azul intenso; y allá abajo, a una distancia desde la que no le llegaban ni el ruido ni el humo de las chimeneas, percibió una ciudad medieval erizada de torres. Techumbres marrones, calles empedradas, y luego blancas murallas y contrafuertes; y más allá, campos verdes y minúsculos riachuelos. En lo alto de las torres había arqueros recostados, y piqueros a lo largo de las murallas; de vez en cuando, alguna carreta recorría una calle vetusta, cruzaba pesadamente la puerta de la ciudad, y salía al campo; de vez en cuando, entraba alguna que otra, también, procedente de la bruma que iba cubriendo los campos con el atardecer. A veces, la gente asomaba la cabeza a sus ventanas enrejadas; otras, se ponía a cantar algún trovador ocioso, y nadie tenía prisa ni se atribulaba por nada. Aunque la altura era enorme y vertiginosa -porque el señor Sladden se encontraba, al parecer, más alto que una gárgola de catedral-, sin embargo, percibió con toda claridad un detalle clave: las banderas que ondeaban en cada torre, por encima de los indolentes arqueros, ostentaban pequeños dragones dorados sobre un campo blanco puro.
Por la otra ventana le llegaba el estruendo de los autobuses y el vocear de los vendedores de periódicos.





El señor Sladden se volvió más soñador que nunca, después de eso, en el establecimiento de los Sres. Mergin y Chater. Pero en un asunto se reveló lúcido y alerta: hacía constantes y minuciosas indagaciones acerca de una bandera blanca con dragones de oro, y no hablaba con nadie sobre su maravillosa ventana. Llegó a saberse las banderas de todos los reyes de Europa, se interesó incluso por la historia, e hizo averiguaciones en los comercios familiarizados con la heráldica; pero en ninguna parte consiguió descubrir el menor rastro de pequeños dragones de oro sobre campo argén. Y considerando que aquellos dorados dragones ondeaban para él solo, llegó a quererlos como un exiliado en el desierto puede querer los lirios de su tierra natal, o un enfermo a las golondrinas cuando sabe que no es fácil que viva otra primavera.
En cuanto los Sres. Mergin y Chater echaban el cierre, el señor Sladden regresaba a su sórdida habitación, a mirar por la maravillosa ventana, hasta que oscurecía y pasaba la guardia, linterna en mano, haciendo la ronda de las murallas, y surgía la noche como si fuese de terciopelo, cuajada de estrellas desconocidas. Otro dato clave intentó obtener una noche, trazando en un papel las figuras de las constelaciones; pero tampoco le llevó esto a ninguna parte, ya que no se parecían en nada a las que brillaban en uno y otro hemisferio.

Todos los días, en cuanto se despertaba, lo primero que hacía era ir a la ventana maravillosa: y allí estaba la ciudad, diminuta por la distancia, brillando a la luz matinal, con los dragones de oro danzando al sol, y los arqueros estirándose o balanceando los brazos en las torres azotadas por el viento. La ventana no se abría, de manera que no oía las canciones que los trovadores cantaban al pie de los dorados balcones; ni siquiera oía los carillones de los campanarios, aunque a cada hora veía salir disparadas de sus nidos a las cornejas. Y lo primero que hacía él siempre era echar una ojeada a las torres que descollaban por encima de las murallas, para ver si seguían volando los pequeños dragones de oro sobre sus banderas. Y cuando los veía ondear en cada torre sobre blancos pliegues, contra el azul intenso y maravilloso del cielo, se vestía contento y, tras una última ojeada, se marchaba al trabajo con el espíritu radiante. Les habría sido difícil a los clientes de los Sres. Mergin y Chater adivinar la exacta ambición del señor Sladden mientras les atendía con su elegante levita: ser hombre de armas o arquero para luchar, bajo los pequeños dragones de oro que tremolaban sobre una bandera blanca, en favor de un rey desconocido de una ciudad inaccesible. Al principio, el señor Sladden solía dar vueltas y vueltas en torno a la calleja miserable donde vivía, pero no consiguió averiguar nada; y no tardó en advertir que debajo de su ventana maravillosa soplaban aires muy distintos de los del otro lado de la casa.

En agosto, las tardes comenzaron a acortar -ése fue precisamente el comentario que le hicieron los otros empleados de los almacenes, por lo que casi temió que sospecharan su secreto-, y tuvo mucho menos tiempo para dedicar a la ventana maravillosa, ya que había pocas luces abajo, y las apagaban temprano.
Una mañana de finales de agosto, antes de salir para el trabajo, el señor Sladden vio que una compañía de piqueros corría por la calle empedrada en dirección a las puertas de la ciudad medieval, la Ciudad de los Dragones de Oro solía llamarla él, pero sólo en su pensamiento, ya que nunca hablaba de ella con nadie. Lo siguiente que observó fue que los arqueros de las torres hablaban vivamente entre sí y se repartían manojos de flechas, además de las que llevaban en las aljabas. En las ventanas se asomaban más cabezas de lo habitual; una mujer salió corriendo, llamó a unos niños y los metió en casa; pasó un caballero calle abajo, y a continuación aparecieron más piqueros en las murallas; y las cornejas estaban todas en el aire. En la calle no cantaba ningún trovador. El señor Sladden echó una mirada a las torres para comprobar que seguían izadas las banderas, y que ondeaban al viento los dorados dragones. Luego tuvo que irse al trabajo.

Esa tarde cogió el autobús para volver y subió la escalera corriendo. No parecía ocurrir nada especial en la Ciudad de los Dragones de Oro, aparte de haber una multitud en la calle empedrada que se dirigía a las puertas de la ciudad; los arqueros parecían seguir indolentemente recostados en sus torres, como de costumbre; luego arriaron una bandera blanca con sus dragones dorados. No se dio cuenta el señor Sladden, al pronto, de que los arqueros estaban todos muertos. La multitud venía en riada hacia él, hacia el altísimo muro desde donde observaba: los de la bandera blanca cubierta de dragones retrocedían poco a poco, acosados por unos hombres que portaban otra bandera, una bandera en la que había un gran oso rojo. Arriaron otra bandera de una torre. Entonces lo comprendió todo: los dragones de oro... sus pequeños dragones de oro, estaban siendo derrotados. Los hombres del oso habían llegado al pie de su ventana; cualquier cosa que les arrojase desde esa altura caería con fuerza tremenda: los hierros de la chimenea, carbón, su reloj, lo que fuese; pero tenía que luchar por sus pequeños dragones de oro.

De una de las torres brotó una llamarada que lamió los pies de un arquero reclinado: no se movió. Seguidamente, dejó de ver el estandarte extranjero, que se había situado justo debajo de él. El señor Sladden rompió los cristales de la ventana maravillosa y desprendió con el atizador el plomo que los sujetaba. En el instante mismo de romperse el cristal, vio tremolar aún una bandera cubierta de dragones de oro; luego, al dar un paso atrás para arrojar el atizador, le llegó un aroma de especias misteriosas; pero no había nada allí, ni siquiera claridad; porque tras los fragmentos de la ventana maravillosa no estaba sino la pequeña alacena donde guardaba los cacharros del té.

Y aunque el señor Sladden es hoy más viejo, y conoce más el mundo, y hasta tiene su propio negocio, jamás ha podido comprar otra ventana igual ni, desde entonces, ha logrado averiguar una sola palabra, por los libros o los hombres, sobre la Ciudad de los Dragones de Oro.


Lord Dunsany


- "The Wonderful Window"
- (The Book of Wonder; 1912)

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- del libro En el País del Tiempo
- traducción: Francisco Torres Oliver
- Ediciones Siruela, Madrid 1988

viernes 30 de octubre de 2009

Lord Dunsany




La próxima entrada de este cuaderno será un cuento de Lord Dunsany, uno titulado "La ventana maravillosa", de su libro The Book of Wonder, de 1912.
Pero antes quiero poner aquí, como presentación, una breve semblanza que le dedicó un escritor muy conocido, llamado Borges...




La literatura, nos dicen, empieza por cosmogonías y mitos; Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, ensayó con felicidad ambos géneros en The Gods of Pegana (1905) y Time and the Gods (1906).
Se ha comparado la cosmogonía de Dunsany con la de William Blake, anterior en un siglo. Hay una diferencia esencial: la de Blake corresponde a una renovación total de la ética, que procede de Swedenborg y que Nietzsche prolongará; la de Lord Dunsany, a un libre y gozoso juego de la imaginación.
Matthew Arnold, en 1867, había declarado que lo esencial de la literatura celta es el sentimiento mágico de la naturaleza; la obra de Dunsany confirmaría espléndidamente esa aseveración.
En 1921 manifestó: "No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado".


Jorge Luis Borges

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Imágenes:

- Castillo de Dunsany
- Lord Dunsany

miércoles 28 de octubre de 2009

La llave de plata





LA LLAVE DE PLATA



H. P. Lovecraft



Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños. Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río Oukranos, hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna, hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil.

Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad.
Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron que le faltaba imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al mundo de nuestra creación física.

De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás, esforzándose por convencerse de que los sucesos y las emociones de la vida ordinaria eran más importantes que las fantasías de los espíritus más exquisitos y delicados. Admitió, cuando se lo dijeron, que el dolor animal de un cerdo apaleado, o de un labrador dispéptico de la vida real, es más importante que la incomparable belleza de Narath, la ciudad de las cien puertas labradas, con sus cúpulas de calcedonia, que él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de tan sabios caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y de la tragedia.
De cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar cuán triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente contrastaban los impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos dignos señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de cualquier tipo de autenticidad.

En los primeros días de esta servidumbre, se refugió en la fe mansa y santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua confianza, ya que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían alguna posibilidad de evadirse de esta vida. Sólo una observación más cuidadosa le hizo comprender la falta de fantasía y de belleza, la rancia y prosaica vulgaridad, la gravedad de lechuza y las grotescas pretensiones de inquebrantable fe que reinaban de manera aplastante y opresiva entre la mayor parte de quienes la profesaban; o le hizo sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla viva, como si aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los terrores de lo desconocido. A Carter le aburría la solemnidad con que la gente trataba de interpretar la realidad terrenal a partir de viejos mitos, que a cada paso eran refutados por su propia ciencia jactanciosa. Y esta seriedad inoportuna y fuera de lugar mató el interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de haberse limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su auténtico significado de pura fantasía.
Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los viejos mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No veían que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este modo, sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque , eso sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe ciega por los de la licencia y de la anarquía.

Carter apenas gozaba de estas modernas libertades, porque resultaban mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la belleza única; por otra parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble mediante la cual sus paladines pretendían adornar los brutales impulsos humanos con la santidad arrebatada a los ídolos que acababan de deponer. Veía que la mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado, seguía sin poder sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto del que los hombres le atribuyen, ni establecer una diferencia entre las nociones de ética y belleza, aun cuando, según sus descubrimientos científicos, toda la naturaleza proclama a los cuatro vientos su irracionalidad y su impersonal amoralidad. Predispuestos y fanáticos por las ilusiones preconcebidas de justicia, libertad y conformismo, habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías seguían siendo la única base de los pensamientos y de los criterios actuales, los únicos guías y las únicas normas de un universo carente de sentido, de objetivos estables y de hitos fijos. Una vez perdidos estos marcos artificiales de referencia, sus vidas quedaron privadas de dirección y de interés, hasta que finalmente tuvieron que ahogar el tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las prisas, en el aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en placeres bestiales. Y cuando se hallaron hartos de todo esto, o decepcionados, o la náusea les hizo reaccionar, entonces se entregaron a la ironía y a la mordacidad, y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás lograron darse cuenta de que sus principios eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus mayores, ni de que la satisfacción de un momento es la ruina del siguiente. La belleza serena y duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo ha sido rechazado por el mundo cuando, en su adoración de lo real, arrojó de sí los secretos de la infancia.

En medio de este caos de falsedades e inquietudes, Carter intentó vivir como correspondía a un hombre digno, de sentido común y buena familia. Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido del ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por la armonía le impidió apartarse de los senderos propios de su raza y condición. Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una burla; ni siquiera la Guerra Mundial le conmovió gran cosa, aunque participó en ella desde el principio en la Legión Extranjera de Francia. Durante cierto tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en darse cuenta de que todos ellos eran groseros, banales y monótonos, y demasiado apegados a las cosas terrenales. Se alegraba vagamente de no tener trato con sus familiares, porque ninguno le habría sabido comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher; pero hacía tiempo que ambos habían muerto.
Entonces comenzó a escribir libros de nuevo, cosa que no hacía desde que los sueños le habían abandonado. Pero tampoco encontró en ello ninguna satisfacción ni desahogo, porque aún sus pensamientos eran demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas, como antes. Los destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales que su imaginación erigía, y su terrenal aversión por todo lo inverosímil marchitaba las flores más delicadas y fascinantes de sus maravillosos jardines. La religiosidad convencional que adjudicaba a sus personajes los impregnaba de un sentimentalismo empalagoso, en tanto que el mito del realismo y de la necesidad de pintar acontecimientos y emociones vulgarmente humanos, degradaban toda su elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal disimuladas y superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas novelas alcanzaron un éxito que jamás habían conocido las de antes; pero al comprender cuán insulsas debían ser para agradar a la vana muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir. Eran unas novelas triviales y elegantes, en las que se sonreía educadamente de los propios sueños que apenas si describía por encima; pero se dio cuenta de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida.

Después de estos intentos se dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y ahondó en el terreno de lo grotesco y de lo excéntrico, como buscando un antídoto contra los anteriores lugares comunes. Estos campos no tardaron, sin embargo, en poner de manifiesto su pobreza y su esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las habituales creencias ocultistas son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque desprovistas de toda verosimilitud. La estupidez grosera, la superchería y la incoherencia de las ideas no son sueños, ni ofrecen a un espíritu superior ninguna posibilidad de evadirse de la vida real. Así, pues, Carter compró libros aun más extraños, y buscó escritores más profundos y terribles, de fantástica erudición; se sumergió en los arcanos menos estudiados de la conciencia, ahondó en los profundos secretos de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y aprendió cosas que le dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su modo y amuebló su casa de Boston de forma que pudiera armonizar con sus cambios de humor. Consagró una habitación a cada uno de ellos, y las pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas los libros convenientes y dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen las sensaciones requeridas en cuanto a luz, calor, sonidos, sabores y aromas.

Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le rehuían y le temían todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y en tabletas de arcilla que había conseguido traer clandestinamente de la India y de Arabia. Y fue a visitarlo, y vivió con él, y compartió sus estudios durante siete años, hasta que una noche les sorprendió el horror en un viejo cementerio desconocido, del que, de los dos que habían entrado, sólo uno regresó. Entonces volvió a Arkham, la ciudad terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido sus antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces venerables y ruinosos tejados, que le hicieron sellar para siempre ciertas páginas del diario de uno de sus predecesores, de una mentalidad excepcionalmente tenebrosa. Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por la que él había vagado durante su juventud. De este modo, cuando cumplió los cincuenta años, perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la belleza y demasiado intelectual para tolerar los sueños.
Habiendo comprendido al fin la fatalidad de todas las cosas reales, Carter pasó sus días en soledad, recordando con añoranza los sueños perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez seguir viviendo de esa manera, y por mediación de un sudamericano, conocido suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de sumirle sin sufrimiento en el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la costumbre, no obstante, le hicieron aplazar esta decisión, y siguió languideciendo sin resolverse a poner fin a su vida, y vagando por el mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas colgaduras de las paredes y volvió a arreglar la casa como en sus primeros años de juventud: repuso las cortinas purpúreas, los muebles victorianos y todo lo demás.

Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber diferido su determinación, ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el mundo hicieron que la vida y sus sofisterías le pareciesen muy distantes e irreales, tanto más cuanto que a ello se añadió un toque de magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse en sus descansos nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había visto los reflejos deformados de las cosas cotidianas, tal como las veían los más vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a vislumbrar de nuevo el resplandor de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa aunque pavorosamente inminente, que adoptaba la forma de escenas nítidas de sus tiempos de niñez y le hacía recordar hechos y cosas intrascendentes, largo tiempo olvidados. A menudo se despertaba llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un cuarto de siglo que ambos descansaban en sus tumbas.
Luego, una noche, su abuelo le recordó la llave. Aquel sabio de cabeza encanecida, con la misma apariencia de vida que en sus buenos tiempos, le habló larga y seriamente de su rancia estirpe y de las extrañas visiones que habían tenido aquellos hombres refinados y sensibles que eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes, y de los crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo que lo tuvieron en cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que estudió artes mágicas en tiempos de la reina Isabel. Asimismo, le habló de Edmund Carter, que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de la ciudad de Salem, y que había guardado en una caja una gran llave de plata que había recibido de manos de sus mayores. Antes que Carter despertara, su etéreo visitante le dijo dónde encontraría la caja y que se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad, cuya tosca tapa, tallada en madera de roble, no había abierto mano alguna desde hacía doscientos años.

Entre el polvo y las sombras del desván lo encontró, remoto y olvidado en el último cajón de una enorme cómoda. El cofrecillo era como de un pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos, que no se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos de Edmund Carter. No sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió místicos perfumes de especias olvidadas. Lo de que contenía una llave no era, sin duda alguna, más que una oscura leyenda. Ni siquiera el padre de Randolph Carter había sabido nunca que existiese tal cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de hierro herrumbroso y no parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter tenía el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la perdida puerta de los sueños, pero su abuelo no le había dicho una sola palabra de cómo y dónde usarla.
Un viejo criado suyo forzó la tapa esculpida; y al hacerlo, las horribles caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el interior, un pergamino descolorido envolvía una enorme llave de plata deslustrada, labrada con misteriosos arabescos; pero no había allí explicación legible de ninguna clase. El pergamino era voluminoso, y estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a una lengua desconocida, trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos los mismos caracteres que había visto en cierto rollo de papiro que perteneciera al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en determinado cementerio de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía siempre que consultaba el rollo, y Carter tembló ahora también.
Pero limpió la llave y la conservó esa noche a su lado, metida en su aromático estuche de roble viejo. Entre tanto, sus sueños se fueron haciendo más vívidos y, aunque en ellos no aparecía ninguna de aquellas extrañas ciudades, ni los increíbles jardines de sus viejos tiempos, fueron adquiriendo un significado definido cuya finalidad no dejaba lugar a dudas. Era llamado en sueños desde un pasado remoto, y se sentía arrastrado por las voluntades unidas de todos sus antepasados hacia alguna fuente oculta y ancestral. Entonces comprendió que debía penetrar en el pasado y confundirse con las viejas cosas; y día tras día pensó en las colinas del norte, donde se hallan la encantada ciudad de Arkham y el impetuoso Miskatonic, y la rústica y solitaria morada de su familia.

Bajo la lívida luz del otoño, Carter emprendió el viejo camino a través de un mágico panorama de colinas onduladas y de prados cercados de piedra, y atravesó el valle lejano de laderas cubiertas de bosque, recorrió la serpeante carretera, pasó junto a las abrigadas granjas y bordeó los meandros cristalinos del Miskatonic, cruzado aquí y allá por rústicos puentecillos de madera o de piedra. En una de sus curvas vio el grupo de olmos gigantescos donde había desaparecido misteriosamente uno de sus antepasados hacía ciento cincuenta años, y se estremeció al sentir el viento que soplaba de modo significativo entre sus troncos. Luego apareció la casa solitaria y ruinosa del viejo Goody Fowler, el brujo, con sus ventanucos endemoniados y su gran tejado que descendía casi hasta el suelo por la parte de atrás. Pisó el acelerador al pasar por delante, y no moderó la marcha hasta haber coronado la colina donde había nacido su madre, y los padres de su madre, en un blanco y viejo caserón que todavía conservaba su imponente aspecto desde la carretera, colgado sobre un paisaje trágico y maravilloso de rocosas pendientes y valles verdeantes, en cuyo horizonte se divisaban los lejanos campanarios de Kingsport, y aún más allá se adivinaba la presencia de un mar arcaico y henchido de sueños.
Luego vino la ladera de monte bajo donde se alzaba la mansión que Carter no había visitado desde hacía cuarenta años. Caía ya la tarde cuando llegó al pie del lugar, y a mitad de camino se detuvo a contemplar la extensa comarca dorada y celestial, inundada por la luz sesgada del sol poniente. Toda la fantasía y el anhelo de sus sueños recientes parecían encarnar en este paisaje apacible y extraño que le sugería la ignorada soledad de otros planetas. Recorrió con la mirada el tapiz desierto de los prados que se estremecía entre tapias derruidas y mágicos macizos de bosque que destacaban por encima del ondulado perfil de las colinas, y el valle espectral, poblado de árboles, que se precipitaba entre sombras hacia los húmedos bordes de los riachuelos cuyas aguas sollozaban al discurrir gorgoteantes entre hinchadas y retorcidas raíces.

Algo le dijo que su automóvil no pertenecía a este universo, así que lo dejó junto al límite del bosque y, metiéndose la enorme llave en el bolsillo de la chaqueta, siguió subiendo a pie por la cuesta. Se internó en lo profundo del bosque, aun a sabiendas de que el edificio estaba en lo alto de una loma totalmente despejada de árboles, excepto por el norte. Se preguntó qué aspecto ofrecería la casa, puesto que estaba vacía y abandonada, en parte por culpa suya, desde la muerte de su extraño tío abuelo Christopher, ocurrida hacía treinta años. Durante su niñez había pasado largas temporadas allí, y había descubierto extrañas maravillas en los bosques que se extendían al otro lado del huerto.
Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche estaba cerca. A su derecha, se abrió entre los árboles un calvero, de suerte que, durante un momento, pudo distinguir leguas y leguas de praderas bañadas de luz crepuscular; y al fondo, el campanario de la Congregación, que se alzaba sobre la Colina Central de Kingsport. Arrebolados con el último resplandor del día, los cristales redondos de las lejanas ventanitas parecían despedir llamaradas de fuego. Sin embargo, al sumergirse de nuevo en las sombras, recordó de pronto, con un sobresalto, que esta visión fugaz no podía proceder sino de algún trasfondo de su memoria infantil, ya que hacía mucho tiempo que la iglesia había sido derruida para construir en su lugar el Hospital de la Congregación. Había leído la noticia con interés, ya que el periódico hablaba además de las extrañas galerías o pasadizos que se habían encontrado en la roca, bajo sus cimientos.

A través de su confusión, le pareció oír una voz aflautada, y al reconocer su acento familiar después de tantos años, sintió un nuevo escalofrío. Benjiah Corey, el antiguo criado de su tío Christopher, era ya un anciano en aquella época lejana de su niñez en que venía a pasar temporadas enteras al viejo caserón. Ahora tendría más de ciento cincuenta años; pero aquella voz cascada no podía ser de nadie más. Carter no pudo distinguir lo que decía, pero el tono era inconfundible y obsesionante. ¡Quién iba a decir que el “Viejo Benjy” aún estaba vivo!
-¡Señorito Randy! ¡Señorito Randy! ¿Dónde estás? ¿Quieres matar de un disgusto a tu tía Martha? ¿No te dijo que no te alejaras de la casa cara a la noche, y que volvieras antes de oscurecer? ¡Randy! ¡Ran...dyyy! En mi vida he visto un chiquillo que le guste tanto corretear por el bosque; se pasa el día merodeando por esa maldita caverna de serpientes... ¡Eh, Ran...dyyy!
Randolph Carter se paró en la densa oscuridad y se restregó los ojos con la mano. Era muy extraño. Algo no andaba bien. Se encontraba en un paraje donde no debía estar; se había extraviado en unos lugares muy apartados, adonde no debía haber ido, y ahora era imperdonablemente tarde. No había mirado la hora en el reloj del campanario de Kingsport, aun cuando podía haberla visto fácilmente con su catalejo de bolsillo; pero sabía que su retraso era algo muy extraño y sin precedentes. No estaba seguro de haberse traído consigo el catalejo, y se metió la mano en el bolsillo de la blusa para cerciorarse. No, no lo traía; pero en cambio llevaba una llave de plata que había encontrado en alguna parte, dentro de una caja. Tío Chris le dijo una vez algo muy raro acerca de una arqueta cerrada donde había una llave, pero tía Martha le hizo callar bruscamente, diciendo que no debía contar historias de ese género a un muchacho que ya tenía la cabeza demasiado llena de quimeras. Entonces intentó recordar exactamente dónde había encontrado la llave, pero todo era muy confuso. Se preguntó si no sería en el desván de su casa de Boston, y se acordó vagamente de haber sobornado a Parks con el sueldo de media semana para que le ayudara a abrir la caja, y guardara silencio después; pero al evocar la escena, la cara de Parks le resultó muy extraña, como si las arrugas de innumerables años hubieran hecho presa de pronto en el vivo y menudo cockney.
-¡Ran... dyyy! ¡Ran... dyyy! ¡Eh! ¡Eh! ¡Randy!
Una linterna oscilante apareció por la curva oscura, y el viejo Benjiah se arrojó sobre la silueta silenciosa y perpleja de Carter.
-¡Maldito crío, ahí estabas tú! ¿No tienes lengua en la boca, que no contestas? ¡Hace media hora que te estoy llamando, y me has tenido que oír hace rato! ¿Es que no sabes que tu tía Martha está la mar de preocupada por tu culpa? ¡Espera y verás, cuando se lo diga a tu tío Chris! ¡Deberías saber que estos bosques no son lugar a propósito para andar por ahí a estas horas! Te puedes tropezar con cosas malas, de las que nada bueno puedes esperar, como mi abuelo sabía muy bien antes que yo. ¡Vamos, señorito Randy, o Hanna no nos guardará la cena!

De este modo, Carter se vio arrastrado cuesta arriba, hacia donde brillaban fascinantes las estrellas a través de los altos ramajes otoñales. Y oyeron ladrar a los perros, y vieron la luz amarillenta de las ventanas tras la última revuelta del camino, y contemplaron el parpadeo de las Pléyades por encima del calvero donde se erguía un gran tejado negro contra el agonizante crepúsculo de poniente. Tía Martha estaba en el umbral, y no regañó demasiado al pequeño tunante cuando Benjiah lo hizo entrar. Demasiado bien sabía por tío Chris que estas cosas eran propias de los Carter. Randolph no le enseñó la llave, sino que cenó en silencio y sólo protestó cuando llegó la hora de acostarse. El solía soñar mejor despierto, y por otra parte, quería utilizar la llave aquella.

A la mañana siguiente, Randolph se levantó temprano, y habría echado a correr hacia la arboleda de arriba, si su tío Chris no le hubiera cogido, obligándole a sentarse a desayunar. Impaciente, paseó la mirada a su alrededor, por aquella estancia de suelo inclinado, por la alfombra andrajosa, por las descubiertas vigas del techo y por los pilares angulares, y sólo sonrió cuando las ramas del huerto arañaron los cristales de la ventana del fondo. Los árboles y las colinas estaban allí cerca, a su lado, y constituían las puertas de aquel reino intemporal que era su verdadera patria.
Luego, cuando le dejaron libre, se tentó el bolsillo de la blusa para ver si tenía la llave; y al ver que sí, cruzó el huerto y echó hacia arriba, por donde el monte se elevaba hasta por encima del calvero. El suelo del bosque estaba tapizado de musgo y de misterio. Los grandes peñascos cubiertos de líquenes se erguían vagamente, bajo la luz difusa, como enormes monolitos druidas entre los troncos inmensos y retorcidos de un bosque sagrado. A mitad de su ascenso, Randolph cruzó un torrente cuyas cascadas, un poco más abajo, cantaban misteriosos sortilegios a los faunos escondidos, a los egipanes y a las dríadas.

Luego llegó a la extraña cueva que se abría en la falda del monte, a la temible Caverna de las Serpientes que la gente del campo solía rehuir, y de la que pretendía mantenerle alejado Benjiah. La cueva era profunda, más profunda de lo que cualquiera habría sospechado, porque Randolph había descubierto una hendidura en el rincón más profundo y oscuro, que daba acceso a otra gruta más grande aún: a un espacio secreto y sepulcral cuyas graníticas paredes daban la impresión de haber sido trabajadas por un ser inteligente. Esta vez entró reptando, como en las demás ocasiones, y alumbrándose con las cerillas que había cogido del cuarto de estar, y se deslizó por la grieta del final con una ansiedad inexplicable para sí mismo. No sabía por qué razón se aproximó a la pared del fondo con tanta resolución, ni por qué sacó instintivamente la gran llave de plata. Pero siguió adelante; y cuando, aquella noche, regresó excitado a casa, no dio ninguna explicación por su tardanza, ni prestó la más mínima atención a la regañina que se ganó por haber ignorado totalmente la llamada de cuerno que anunciaba la comida de mediodía.


Hoy coinciden todos los parientes lejanos de Randolph Carter en que, cuando éste tenía diez años, ocurrió algo que despertó su imaginación. Su primo Ernest B. Aspinwall, de Chicago, es diez años mayor que él, y recuerda muy bien el cambio operado en el muchacho después del otoño de 1883. Randolph había contemplado paisajes fantásticos, como nadie los ha contemplado en la vida; pero más extraños aún eran algunos de los poderes que mostró en relación con cosas muy reales. Parecía, en suma, haber adquirido el don singular de la profecía, y a veces reaccionaba de un modo extraño ante cosas que, pese a carecer totalmente de importancia en aquel momento, justificaban más tarde sus singulares actitudes. En el curso de los decenios subsiguientes, a medida que se inscribían nuevos inventos, nuevos nombres y nuevos acontecimientos en el libro de la historia, la gente podía recordar sorprendida cómo Carter se había referido años antes a cosas que de algún modo, pero inequívocamente, se relacionaban con ellos. El mismo no comprendía sus propias palabras, ni sabía por qué ciertas cosas le producían determinada emoción, aunque suponía que ello era debido seguramente a algún sueño que a la sazón no lograba recordar. A principios de 1897, cuando cierto viajero mencionó el pueblo francés de Belloy-en-Santerre, se puso pálido, y sus amigos lo recordaron después porque, en 1916, durante la Guerra Mundial, recibió en ese pueblo una herida que estuvo a punto de costarle la vida.

Los parientes de Carter hablan a menudo de todo esto, porque él ha desaparecido recientemente. Su viejo criado, el menudo Parks, que durante muchos años había soportado con paciencia sus extravagancias, fue el último que le vio aquella mañana en que cogió el coche y se fue con una llave que acababa de encontrar. Parks le había ayudado a sacar la llave del antiguo cofrecillo que la contenía, y se sentía singularmente impresionado por los grotescos relieves que adornaban dicha arqueta, y por alguna otra causa que no le era posible referir. Cuando Carter se marchó, dejó dicho que iba a los alrededores de Arkham a visitar la comarca de sus antepasados.
A mitad de la cuesta del Monte del Olmo, por la carretera que va hacia las ruinas de la morada solariega de los Carter, encontraron el coche cuidadosamente aparcado en la cuneta. Dentro encontraron un cofrecillo de aromática madera, adornado con unos relieves que llenaron de pavor a los campesinos que dieron con el vehículo. Este cofrecillo contenía tan sólo un pergamino, cuyos caracteres no pudieron descifrar ni lingüistas ni paleógrafos. La lluvia había borrado las huellas de sus pasos, pero parece que la policía de Boston podría haber dicho mucho sobre el desorden que reinaba entre las vigas derrumbadas de la mansión de los Carter. Era, según dijeron, como si alguien hubiera andado revolviendo entre las ruinas recientemente. Encontraron, algo más allá, un pañuelo blanco de bolsillo entre las rocas del bosque, pero no pudieron demostrar que pertenecía al desaparecido.

Entre los herederos de Randolph Carter se habla de repartir sus bienes, pero yo pienso oponerme firmemente a ello porque no creo que haya muerto. Existen repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía y en la realidad, que sólo un soñador puede adivinar; y, por lo que sé de Carter, creo que lo que ha sucedido es que ha descubierto un medio de atravesar estos nebulosos laberintos. Si volverá o no alguna vez, es cosa que no puedo afirmar. El buscaba las perdidas regiones de sus sueños y sentía nostalgia por los días de su niñez. Después encontró una llave, y me inclino a creer que logró utilizarla para sus extraños fines.
Se lo preguntaré cuando le vea, porque espero encontrarlo en cierta ciudad soñada que ambos solíamos frecuentar. Se dice en Ulthar, comarca que se extiende al otro lado del río Skai, que un nuevo rey ocupa el trono de ópalo de Ilek-Vad, la ciudad fabulosa de infinitos torreones que se asienta en lo alto de los acantilados de cristal que dominan ese mar crepuscular donde los Gnorri, seres barbudos con aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos; y creo que sé cómo interpretar este rumor. Ciertamente, espero con impaciencia el momento de contemplar esa gran llave de plata, porque en sus misteriosos arabescos pueden estar simbolizados todos los designios y secretos de un cosmos ciegamente impersonal.



Howard Phillips Lovecraft




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- "The Silver Key" (1929), por H. P. Lovecraft
- edición de Rafael Llopis
- traductor: F. Torres Oliver
- Alianza Editorial (Madrid, 1971)



lunes 26 de octubre de 2009

La noche del lobo



Siempre me han gustado los lobos, me enamora su presencia, su mirada intensa, su figura gris que corre entre la nieve del bosque como un duende de niebla.
No es por casualidad que me considere a mí mismo un "lobo estepario"... En gran parte es un homenaje a Hesse y a su Steppenwolf, pero también un reconocimiento de mi propia naturaleza.
Una querida amiga me ha enviado este vídeo, en el que se muestran hermosas fotos de mis "primos hermanos", acompañadas por la música de la película aquella de Kevin Costner, y he querido compartirlo con vosotros.
Nunca he bailado con lobos, pero seguro que sería capaz de hacerlo. Son mis amigos.
Y además, esta noche puede que sea la noche del lobo. La luna sonríe desde lo oscuro, arropada con su manta de sueños, azul y sombra, y el extraño se acerca...

AC.
(26 de octubre, 2009)



sábado 24 de octubre de 2009

Sobre lo absurdo



Madrid, 5 de Junio, 1990


Sr. Director de El País:

El jueves pasado, 31 de Mayo, publicó usted en su periódico un breve relato titulado "Purgatorio", firmado por el novelista Javier García Sánchez, el cual tuve que reconocer como sintomático y representativo de la época en que vivimos. Y esto es así, no porque uno posea un conocimiento especial, erudito, de esta época, sino simplemente por el hecho, muchas veces doloroso, de vivir en ella y constatar en mi propia piel los múltiples y mayoritariamente lamentables matices que la conforman.
Soy de los que creen que esos matices siempre estuvieron presentes a lo largo de nuestra historia. Que lo único que ha sucedido a través de los años se reduce a un leve cambio de tonalidad, a una variación en el énfasis, a una mutación superficial de las formas que nunca ha afectado gravemente al fondo.

Lo bueno y lo malo de esta época es, según mi criterio, que todas esas formas y matices están llegando o han llegado ya al límite. Y digo malo porque bordear el límite conlleva siempre una amenaza, un peligro de caer en el vacío y desaparecer. Y digo bueno porque es precisamente en ese límite donde todo se vuelve susceptible de variación, donde todo se busca a sí mismo, más allá de sus errores, e intenta reconquistar el sentido de su existencia o alcanzar, ganarse a pulso otro nuevo.

Ante este parecer, ante esta actitud, me pregunto qué sentido tiene el escribir "un relato sobre el absurdo de la vida cotidiana"... Nos miramos al espejo por la mañana y no nos gustamos. Pero en vez de lavarnos la cara y esforzarnos en cambiar nuestra imagen, nos recreamos mórbidamente en la memoria de nuestra vulgaridad y hacemos recuento de los mil banales y absurdos detalles que la configuran. ¿Es esto lo que buscamos? ¿Es esto lo que queremos?
No, yo no lo creo así. Kafka, el mayor poeta del absurdo, quiso que todos sus escritos fueran destruidos, para que nadie pudiera leerlos nunca. Quizá porque intuyó, porque supo que a sus escritos (a pesar de su indudable valor y belleza), les faltaba algo muy importante, algo que él seguramente poseía en sus entrañas, pero que nunca llegó a expresar, condicionado como estaba por la tiranía de una realidad no deseada y, por ende, tampoco amada.

Es de ese algo, de esa sed oculta, de esa escondida alegría de lo que nosotros precisamos ahora, no de una triste revisión del absurdo que nos ahoga día tras día.


AC.
(junio, 1990)

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Nota:

No sé si esta torpe carta se llegó a publicar o no en el mencionado diario. Imagino que no, por falta de interés, o simplemente porque sobrepasaba la extensión permitida. La verdad es que no estuve pendiente de ello.
Tampoco recuerdo ahora aquel relato de García Sánchez, sólo recuerdo la sensación que me produjo en su momento, sensación de futilidad.
De lo que sí me alegro es de que no fueran destruidos los manuscritos del maestro Franz Kafka, auténticos poemas reflexivos sobre la condición humana y el mundo en que se desenvuelve.


AC.
(24 de octubre, 2009)

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Imagen: Carel Willink (1900-1983)

miércoles 21 de octubre de 2009

Mirando las estrellas en el fondo...



(26 de mayo, 1987)


En mi caja de música suena una melodía de jazz lento. La trompeta de Dusko Goykovich y el piano de Tete Montoliu. Una balada entre sensual y melancólica, una historia de amor que revive en una noche cualquiera y nos encuentra solos, sentados ante la mesa vacía, con una copa de licor que llenamos una y otra vez, envueltos en el humo del tabaco, reclinados sobre el borde del pozo y mirando fijamente las estrellas que se reflejan en su fondo...
El jazz es una música que conozco poco, pero que entiendo muy bien. Es demasiado descripiva, demasiado concreta para no entenderla. Mis preferencias musicales apuntan más a lo clásico y a lo romántico, a música de otras épocas, de otras dimensiones del espíritu, pero hay algo en el jazz que me atrae. Sobre todo, ciertas melodías lentas, con trompeta o saxo, escuchadas en medio de la noche.
Ya el querido lobo estepario apuntaba este atractivo. Él, que amaba la música de Bach, Mozart y Händel, podía quedarse parado ante una sala nocturna de la que salía el sonido crudo y salvaje de una melodía de jazz, sintiéndose extrañamente atraído por ella.

Uno de esos sueños que no podemos explicar o razonar, pero que forman parte de nuestro más íntimo ser y que nos acompañan siempre, como una imagen indeleble y mágica que nos hace sentirnos vivos; uno de esos sueños se representa para mí con un paseo nocturno por la ciudad. Todo está solitario, las luces brillan sobre calles desiertas, pobladas sólo de sombras y silencio. Y de pronto, de algún lugar indefinido, empieza a oírse una trompeta o un saxo, en un tono triste, melancólico, pero lleno de vida... Ese sonido me hace llorar. Mi corazón tiembla, pero no siento pena, no recuerdo ningún amor perdido. De alguna manera, ese sonido me hace cabalgar por encima del tiempo.
Esa trompeta o ese saxo vuelven cálida la noche, ponen una nota mágica, amorosa, en sus sombras...


AC.
(mayo, 1987)




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Imagen: "Waiting for a tram", por Jacek Yerka

Música: "Stardust", por Ben Webster